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miércoles, 18 de marzo de 2009

In English, Please!


La literatura de fantasía siempre me ha hecho ilusión.

Poder ser una soñadora princesa que se enfrenta por primera vez a la vida o un caballero obstinado y orgulloso que aprende a valorar lo que alguna vez tuvo y ahora perdió.

Pero también disfruto de los clásicos de la lengua inglesa, porque ya sea que me transporte a la concurrida ciudad de Bath, Inglaterra, de 1800 o al río Mississippi de América de 1890, siempre encontraré una aventura que me haga reír, soñar, llorar o voltear los ojos.

Hace poco me hallaba encasillada con los libros de la Señorita Austen, y mientras los críticos de la historia han alabado sin descansar a Orgullo y Prejuicio y Sentido y Sensibilidad, la sola idea de comenzar a leerme La Abadía de Northanger me trajo una sonrisa gigante a la cara.
Ni siquiera sabía de que trataba la novela más corta de la audaz escritora, pero cuando acabé de leerla, deseé que nunca hubiese terminado.

De ahí pasé a Mark Twain, el niño de Missouri que nació dos semanas después de la rozadura más cercana en la historia del Cometa Haley a la tierra para convertirse en el padre de la literatura americana, con su cuento corto El Hombre que corrompió Hadleyburg, en donde, con la ayuda de un astuto hombre vengativo, la aparente fachada de honestidad de un pueblo entero se rompe para mostrar la grotesca y vulgar envidia y codicia que yacen bajo su superficie.

También me hice muy buena amiga de Holden Caulfield, el joven ligeramente descarrilado y solitario en El Guardian Entre el Centeno de J.D. Salinger y solo diré una cosa con respecto a el: Me mata.

En este fin de semana largo, tengo una cita con las antologías poéticas del enigmático Yeats y el desolado Eliot.

Hasta la próxima, querido lector.